sábado, 22 de septiembre de 2012

Ya estamos en Rumanía

Cruzamos el paso fronterizo y atravesamos el Danubio, muy caudaloso en esta región, por el único puente que une Bulgaria con Rumanía. En este momento nos acompaña una guía rumana, de nombre Andrea, que comienza a hablarnos acerca de las peculiaridades del país que vamos a recorrer.

Rumanía tiene una extensión de 238.391 kilómetros cuadrados (casi la mitad del tamaño de España), y en ella se pueden distinguir tres regiones geográficas principales claramente diferenciadas. Los Cárpatos describen la forma de una guadaña que, desde Serbia, se introduce hasta el centro del país para curvarse hacia el norte en dirección a Ucrania. El pico más alto de Rumania es el monte Moldoveanu (2544 m). Al oeste del arco de la cordillera hay grandes mesetas con valles y montes salpicados de idílicos pue¬blos y ciudades. Al sur y al sureste de los Cárpatos están las tierras bajas -fuente de casi toda la producción agrícola rumana-, que acaban en el mar Negro y en el segundo delta más grande de Europa formado por el Danubio antes de morir en el mar. Este río forma la frontera sur de Rumania y, junto a sus afluentes Siret y Prut, desagua el país entero. El curso fluvial provee a la nación de una fuente importante de energía hidroeléctrica. Otros ríos principales son: el Mureş, que recorre 768 km al oeste desde el noreste de Transilvania; el Olt, de 736 km, que forma un valle en los Cárpatos meridionales, al este de Sibiu, antes de discurrir hacia el sur en Rumania para después desembocar en el Danubio; y el Prut, de 716 km, que forma la frontera con Moldavia y se une al Danubio al este del delta.

En Rumania las temperaturas pueden variar enormemente según la época y zona del país. El invierno es bastante templado, especialmente cerca de la costa, pero en las montañas se debe prever cualquier condición climatológica. La temperatura media anual es de 11 ºC en el sur, de 7 ºC en el norte y de solo 2 ºC en las montañas. En verano se han llegado a superar los 40 ºC en Bucarest y en la costa del mar Negro, mientras que en la depresión de Braşov y la zona de Miercurea Ciuc, en Transilvania se han alcanzado temperaturas por debajo de –35 ºC. Las precipitaciones son abundantes en todo el año.

Los Cárpatos rumanos albergan la mayor concentración de grandes carnívoros de toda Europa, aproximadamente la mitad de la población de osos y un tercio de la de lobos del continente. En total, el país acoge 33802 especies animales (82 de ellas amenazadas).

Las aves del delta del Danubio constituyen un espectáculo visual, pues la zona es un importante centro de tránsito de aves que migran entre puntos tan lejanos como el Ártico ruso y el delta del Nilo. Alrededor del 60 % de la población mundial de cormorán pigmeo pasa por Rumania.

En el país crecen unas 3700 especies de plantas (39 de ellas amenazadas). Entre las variedades de flora alpina típica están la amapola alpina (Papaver alpinum), la Aquilegia transsilvanica y, en los Cárpatos meridionales, el protegido edelweiss (Leontopodium alpinum).

Los Cárpatos son unos de los montes menos explotados de Europa, con pastos alpinos por encima de densos hayedos, robledales y bosques de abetos y píceas.

En el ranking de desarrollo, Rumania ocupa el 63º lugar. Posee, por cada mil habitantes, 192 ordenadores, 1146 teléfonos móviles, 187 automóviles, 6,5 camas en hospitales y 1,9 médicos. Su consumo anual de energía eléctrica es 2401 kWh por habitante.

Posee yacimientos de petróleo, gas natural y carbón, que producen el 60 % de la energía eléctrica; el resto de energía se genera hidráulicamente. Otros yacimientos de menor importancia son de hierro, plomo, cinc y manganeso. El 40 % de la superficie de Rumania está cultivado: maíz, trigo, patatas, remolacha azucarera, fruta y uvas. Su cabaña ganadera está constituida por bovinos, porcinos, ovinos y aves de corral. En el mar Negro se captura el esturión. Son importantes la industria petroquímica, la de construcción, la naval y la textil.

Rumania tiene unos 22,2 millones de habitantes. Más del 45 % de la población rumana es rural. De la población urbana, prácticamente 2 millones se concentran en la capital Bucarest, una ciudad millonaria del país, seguida de Cluj-Napoca (318.000 habitantes) cabeza de un nutrido grupo de ciudades de población cercana a los 300.000 habitantes (Timişora, Iaşi, Constanza, Galaţi, Braşov, Craiova). La inmensa mayoría de la población (89,5 %) son rumanos, de lengua rumana (91 %) y religión ortodoxa (86,8 %). El segundo grupo étnico más numeroso son los húngaros (6,6 %), seguidos por los gitanos (2,5 %) los ucranianos y los alemanes (cada uno el 0,3 %). Los rusos y los turcos representan ambos el 0,2 %. Alemanes y húngaros viven casi exclusivamente en Transilvania, mientras que ucranianos y rusos residen fundamentalmente cerca del delta del Danubio; los turcos se encuentran en la costa del mar Negro.

Los gitanos, romaníes o ţigani suponen de forma no oficial alrededor del 10 % de la población de Rumania y se encuentran entre los habitantes más desfavorecidos del país. Viven en pueblos y ciudades, pero también en aldeas, donde suelen habitar en casas apartadas del resto. Desgraciadamente, la situación de los romaníes era mucho mejor antes de 1989 que en la actualidad, aunque los comunistas no reconocían su condición de minoría. Hoy día, muchos rumanos consideran a los “irresponsables ţigani” como una amenaza para su propiedad y su sustento, pues algunos han amasado grandes fortunas en el mercado negro, y el resentimiento hacia ellos se ha agravado por las grandes mansiones que han construido para mostrar su riqueza. En Rumania, la mala reputación de los romaníes se ha forjado a lo largo de cientos de años. Durante la mayor parte de ese tiempo han vivido en la esclavitud. En los siglos XIV y XV, príncipes respetados como Mircea I de Valaquia y Esteban III de Moldavia compraron familias enteras de gitanos en los mercados de esclavos de Crimea. A menudo se enviaban como “regalo” a los monasterios, donde hacían los trabajos más denigrantes y agotadores, sin disfrutar de ningún tipo de derechos. Sin embargo, no todos los gitanos compartían el mismo destino: algunos grupos podían desplazarse y se ganaban la vida merced a sus habilidades comerciales. Los gitanos rumanos fueron liberados de la esclavitud en 1862 por Mihail Kogălniceanu, uno de los grandes estadistas liberales de Rumania. Durante la Segunda Guerra Mundial, cientos de miles de ellos fueron deportados a campos de exterminio. Los comunistas rumanos los trataron mejor, y hasta la década de 1970 algunos romaníes continuaron sobreviviendo en la carretera, obedeciendo a su bulibasha (rey) en lugar de a las autoridades estatales. Algunos romaníes han comenzado a hacerse escuchar, y se están realizando intentos para ayudar a los menos afortunados a integrarse de una forma más completa en la sociedad.

La lengua oficial es el rumano, el único idioma de la Europa del este que pertenece al tronco de las lenguas románicas. El idioma rumano, aislado del resto, ha seguido una evolución particular dentro de las lenguas románicas, sufriendo influencias eslavas, turcas, griegas, magiares, etc. Es sorprendente la facilidad que tienen los rumanos para aprender idiomas, en especial el español, sin necesidad de estudiarlos; ello se debe a que ven telenovelas subtituladas, los “culebrones” que les llegan de Sudamérica, y también de España, y que en Rumanía alcanzan cotas muy elevadas de audiencia.

La unidad monetaria rumana es el leu (en plural, lei), una moneda que ha sufrido recientemente una fuerte devaluación. Existen billetes de 2.000, 5.000, 10.000, 50.000, 100.000, 200.000 y 500.000 lei y monedas de 1.000, 5.000 y 10.000 lei. Un leu está dividido en 100 bani (en singular ban). Desde el 1 de julio de 2005, entró en circulación el nuevo leu (RON) que reemplaza al antiguo (ROL), equivaliendo 1 leu nuevo a 10.000 lei "antiguos". La equivalencia es: 1 € = 4,61 RON.

La variedad gastronómica rumana es grande y en cada región encontramos platos exquisitos, especialidades deliciosas con muchos caldos y sopas, cremas de verduras y muchos preparados de carne y también postres estupendos. Mămăligă es una masa de harina de maíz similar a la polenta que se puede hervir, comer o freír. Tradicionalmente se servía cubierta de brânză, queso de oveja salado. Puede ser terriblemente sosa (y muy consistente), especialmente la de las cafeterías y restaurantes pequeños, pero si es casera y está acompañada de smântână (nata agria) resulta bastante agradable. La ciorbă (sopa) es otro pilar de la dieta rumana y protagonista sistemático en las comidas. Procedente de la turca çorba, es un delicioso reconfortante de sabor ácido para los fríos días de invierno que suele servirse con una cucharada de smântână. Merece la pena probar la ciorbă de burtă (sopa ligera hecha con ajo y tripas de vaca), el favorito local con diferencia. Otras sopas populares son la ciorbă de perişoare (sopa con especias, albóndigas y verduras), y la ciorbă de legume (sopa de verduras cocinada con caldo de carne). A menudo se añade bors (mezcla líquida fermentada de salvado y agua) con limón o zumo de chucrut para lograr un sabor ácido. La tochitură se encuentra en casi todos los menús del país. Aunque existen discrepancias regionales, suele componerse de carne de cerdo frita, mezclada a veces con otras carnes, en salsa de pimienta acompañada de mămăligă y con un huevo frito por encima. En los restaurantes más baratos puede estar terriblemente salada y su carne correosa, pero si está bien cocinada es deliciosa. Otro plato popular es el sarmale (hojas de col o de parra rellenas de carne sazonada y arroz), legado de los días de dominio otomano. Los restaurantes y bares al aire libre generalmente ofrecen mititei o mici (rollos de carne picada con especias a la parrilla). Entre los postres típicos se encuentran la plăcintǎ (empanadas), el clǎtitet (creps), el cozonac (brioche) y el îngheţată (helado). La sarailie es una riquísima tarta de almendras bañada en sirope; los papanaşi son bollos rellenos de queso cubiertos de mermelada y nata agria; y los hurtos kalacs son unos enormes donuts recubiertos con una capa de azúcar o de chocolate. Para disfrutar de un tentempié rumano, se recomiendan los vovrigi (anillos de pan duro salpicados de cristales de sal).

El vino rumano todavía no ha alcanzado su mayor potencial, pero promete mucho. Los tintos y los blancos, muchos de los cuales son ligeramente dulces y deliciosos, proceden principalmente de cinco regiones: la meseta de Târnave (en las afueras de Alba Iulia, en Transilvania), Cotnari (en las afueras de Iaşi, en Moldavia), Murfatlar (cerca de la costa del Mar Negro), Dealu Mare (al sur de los Cárpatos, al este del valle de Prahova) y Odobeşti (en Moldavia del sur). Los vinos que ingeniosamente llevan la etiqueta de Drácula suelen destinarse a la exportación; sin embargo, los mejores son las variedades artesanales locales o vinos como el Feteasca Negra de Cotnari (tinto ligeramente dulce), la Grasa de Cotnari (blanco dulce), el Feteasca Regala (Espumoso de las afueras de Alba Iulia) y los característicos Chardonnay, Cabernet Sauvignon y Pinot Gris de Murfatlar. Aunque la producción vinícola se vio perjudicada durante el comunismo, después de 1989 se reactivó con la privatización. Tras una preocupante falta de financiación para toda la industria a mediados de la década de los 2000, la situación está mejorando. El vino tinto se llama negru o roşu y el blanco, vin alb; sec significa “seco”; dulce, “dulce” y spumos, “espumoso”.

En el norte de Dobrogea se pueden encontrar cafeterías que hacen un café turco excelente, con un espeso sedimento al fondo y una generosa cucharada de azúcar. A menos que se pida expresamente, el café y el ceai (té) se sirven solos y con azúcar. Si se quiere con leche, se debe pedir cu lapte, y sin azúcar, fără zahăr. Merece la pena probar las bebidas más fuertes. La ţuică es un brandy transparente filtrado una vez, hecho de fruta fermentada (la más deliciosa y popular es la ciruela ţuică), normalmente con una graduación del 30 %. La palincă (llamada harinca en Maramureş y jinars en la región de Cluj-Napoca) sorprenderá: es parecida, pero se ha filtrado dos veces y su graduación está en torno al 60 %. Ambos licores suelen hacerse en casa, donde el destilado resultante acostumbra a ser mucho más sabroso que las versiones comparadas en la tienda o mucho más fuerte, provocando escalofríos. En el norte de Moldavia, los licores artesanales se llaman samahonca, palabra similar a la rusa.

Estamos ya en Rumanía y poco a poco el autocar va atravesando la campiña al sur de Bucarest hasta llegar a la capital, cuyos suburbios parecen bastante pobres. A lo largo de la calle vamos viendo varios cementerios, que no constituyen el lugar más agradable para el turista. Paramos a cambiar moneda (en los bancos rumanos no quieren cambiar dinero búlagaro), y continuamos hasta el mismo centro de la ciudad, donde comemos en el restaurante Locanta Jaristea, en la stradă George Georgescu, números 50-52, no lejos del Palatul Parlamentalui; se trata de un establecimiento de ambiente agradable y servicio impecable, que ofrece comida rumana.

Desde allí seguimos hacia el norte, con un nuevo guía, Alexandru, de aspecto marcial. Pasamos por Ploieşti, la ciudad del petróleo, importante en otros tiempos, aunque hoy día poco conserva de su antiguo esplendor económico. La extracción comercial del petróleo comenzó en Rumanía a mediados del siglo XIX, cuando los campesinos de la zona excavaban los pozos a mano, sacaban la tierra a capazos con ayuda de cuerdas y recogían el combustible en cubos izados por poleas. Esta utilización rudimentaria del crudo permitió a un ingeniero llamado Mehediuzeano lanzar la idea de alumbrar Bucarest con petróleo refinado, lo que era una sorprendente innovación técnica para aquel tiempo.

A medida que nos vamos internando en Rumanía, vemos multitud de fábricas desmanteladas o abandonadas. Nuestro guía nos informa acerca de la triste realidad del país, cuyos habitantes se ven abocados a emigrar para lograr la subsistencia. Además, el problema medioambiental es alarmante: en medio de una belleza indescriptible se tropieza con decenas de latas de cerveza aplastadas o se divisa una pila de basura flotando en un arroyo. La UE hizo dos críticas fundamentales a Rumania: la gestión de residuos y la contaminación del agua. Según algunas ONG, lo prioritario es sensibilizar a la población sobre la conservación del medio ambiente.

Desde 1990 se han realizado muchas mejoras medioambientales en Rumania; entre otras, la limpieza de un depósito de residuos químicos y nucleares en Sulina; la construcción de nuevas chimeneas en Baia Mare, el mayor centro rumano de metalurgia no ferrosa; el cierre de plantas en Giurgiu y Copşa Mică y la instalación de filtros especiales en otras.

Aunque la contaminación producida por las fábricas se ha reducido a la mitad, en algunas zonas la contaminación atmosférica sigue superando los niveles aceptables y al delta del Danubio le queda mucho para poder considerarse un entorno limpio, sobre todo teniendo en cuente el creciente uso de fertilizantes en la agricultura.

Durante 2006 hubo mucho conflicto sobre la minería de Roşia Montană, en especial después de la catástrofe provocada en 2000 por una mina de oro de Baia Mare, que vertió 100.000 m3 de agua contaminada con cianuro a los ríos Tisa y Danubio; cinco años más tarde, la ONU informó que aún no se habían controlado adecuadamente los riesgos. En 2006 Rumania recibió un préstamo de 55 millones de euros para modernizar su suministro de agua y adaptarlo a los estándares comunitarios.

Hace calor en Rumanía y parece que se aproxima una tormenta. Recorremos el valle de Prahova y, después de 320 kilómetros desde Veliko Tarnovo, llegamos a Sinaia, llamada la “Perla de los Cárpatos”, localidad de montaña con unos 12.500 habitantes, rodeada de cimas superiores a 2000 metros, en el alto valle de Prahova, al pie del macizo de Bucegi. Su éxito turístico ininterrumpido se remonta al siglo XIX, cuando fue residencia veraniega de la corte. Sigue siendo muy frecuentada, incluso por turistas de un día, gracias a sus monumentos, buenos restaurantes y remontes para la práctica de esquí en invierno. Tiene magníficos hoteles -nosotros nos hospedamos y cenamos en el hotel New Montana, con instalaciones ultramodernas (piscina cubierta, gimnasio, sauna y sala de masajes), situado en el número 14 de Bulevard Carol I- y un Casino (recuperado en 2004) de comienzos del siglo XX, con teatro incluido.

Históricamente, Rumanía ha estado dividida en tres regiones: Valaquia, al sur; Transilvania, al norte, y Moldavia, al este. Nosotros ahora nos encontramos en la parte norte de Valaquia, y en el transcurso de nuestro viaje nos internaremos en Transilvania.

El monasterio de Sinaia es un complejo de edificios de diversas épocas. Una vez dentro del recinto, se ve primero la biserica mare (iglesia grande) de 1842-1846, dedicada a los santos Pedro y Pablo. Su aspecto actual se debe a la restauración de los años 1897-1903, cuando el arquitecto Lecomte de Noüy la transformó en el típico edificio “neorrumano”, mediante la incorporación de elementos de la antigua arquitectura de Valaquia (el brău, el cordón de cerámica amarillo y verde; y el pórtico con columnas de piedra labrada con motivos florales, que se repite en la portada) y Moldavia (alternancia de piedra y ladrillo; rica decoración interior). Los frescos neobizantinos sobre fondo de oro son obra del danés Ahge Exner; los del muro oeste, en estilo tradicional rumano, representan al metropolita de la época, los reyes Carol I y Elisabeta y su hija María en el acto de ofrenda del templo. Púlpito, sillería del coro e iconostasio son de madera de tejo y roble tallada y dorada.



De Plovdiv a la frontera rumana

El día 2 de agosto, salimos de Plovdiv en dirección noreste, camino de Veliko Tarnovo, haciendo tres paradas intermedias.
La primera tuvo lugar en Shipka para contemplar el principal monumento, la llamada catedral de Shipka, edificada en 1902 en memoria de los soldados rusos caídos durante la batalla de Shipka que enfrentó a un destacamento del ejército ruso apoyado por voluntarios búlgaros contra un ejército otomano cuatro veces mayor, liderado por Solimán Bajá en 1877. Esta batalla se considera de crucial importancia para la posterior liberación de Bulgaria y simboliza la lucha contra la dominación otomana. La iglesia, que reproduce el estilo de la arquitectura religiosa rusa del siglo XVII, tiene planta cuadrada cruciforme, con bóveda en el centro y tres ábsides. La entrada principal, en la fachada occidental, consta de tres arcos. Junto a esta fachada está adosado el majestuoso campanario de 53 m. de altura. Para fundir las 17 campanas que lo componen se emplearon 30 toneladas de cascos de los proyectiles que fueron disparados durante la batalla. El iconostasio está tallado en madera de tilo a la que se aplicó pan de oro. Las paredes están cubiertas de pinturas con escenas del Viejo y Nuevo Testamento y también con composiciones que reflejan la historia de Bulgaria y Rusia. En la cripta reposan, en 17 sarcófagos, los restos de los caídos en la guerra. En 1970 el monasterio de Shipka fue declarado Monumento Histórico Nacional.
A continuación visitamos la tumba tracia de Kosmatka, uno de los más impresionantes monumentos de la civilización tracia, que data del siglo IV a.C. y es la principal muestra de la cultura de este antiguo pueblo. Los arqueólogos creen que es la tumba del rey de los tracios Seuthes III (Golyama Kosmatka), cuya poderosa dinastía tenía la residencia en la ciudad de Seutopolis, cerca de Kazanlak. La tumba consta de tres cámaras unidas, una de las cuales contiene el sepulcro del rey y algunas piezas destacables en oro y plata.
Luego nos desplazamos hacia el Valle de las Rosas, famoso por su centenaria industria del cultivo de la rosa damascena, que produce alrededor del 80 % del aceite de rosas del mundo. Esta flor fue introducida en el centro de Bulgaria por los turcos en el siglo XIX. El suelo y el clima de la región resultaban perfectos para su cultivo, de tal forma que en el siglo XX la producción de aceite de rosa se había convertido en una floreciente industria. Las rosas crecen en plantaciones que ocupan más de 30 km a lo largo del valle entre Karlovo y Kazanlak. Florecen de finales mayo a mediados de julio y son recolectadas entes del amanecer para preservar su aceite. Se necesitan unas 3,5 toneladas de pétalos para producir 1 kilogramo de aceite de rosa, cuyo valor ronda los 6000 euros. El Festival de la Rosa de Kazanlak dura una semana y vive su momento cumbre el primer fin de semana de junio con música y baile.
Después de comer en el restaurante Kransko Hanche, en el término de Kazanlak, nos encaminamos a Veliko Tarnovo, donde llegamos después de recorrer unos 80 kilómetros.
Veliko Tarnovo, con sus 67.000 habitantes, es el centro cultural del norte de Bulgaria y su actividad económica se centra fundamentalmente en el turismo y en la industria textil. Situada 250 km de Sofía y a orillas del río Yantra, la ciudad fue fundada por los tracios y en la época de mayor esplendor del imperio búlgaro, en la alta edad media (1185-1393), fue la capital del país. En Veliko Tarnovo el zar Ferdinand declaró la independencia de todos los territorios búlgaros el 5 de octubre de 1908. La ciudad disfruta de un espectacular emplazamiento en la ladera de una montaña, una bella arquitectura y abundantes monumentos históricos, lo que la convierte en una de las ciudades más hermosas del país. Sus casas altas y estrechas se asoman al borde de las paredes verticales que se alzan en la orilla de los meandros del Yantra, mientras que al este se encuentran las ruinas de la majestosa fortaleza de Tsarevets, una de las tres colinas sobre las que se construyó la ciudad; las otras dos son la de Trapezitsa y la de Sveta Gora.
En Veliko Tarnovo nos hospedamos en el hotel Bolyarski, situado en el número 53 de la calle Stefan Stambolov. Desde la ventana de nuestra habitación pudimos disfrutar de una espléndida panorámica del caserío encaramado sobre los meandros del río Yantra; la Galería de Arte “Boris Denev”; el monumento Asenid, inaugurado en 1985, en el que aparecen representados Asen, Petûr, Ivan Asen II y Kaloyan a lomos de sus caballos junto a una grandiosa espada…: una visión inolvidable.
Acompañados por el guía, realizamos una visita a pie por la calle Sava Ranovski, donde se aglomeran tiendas de todo tipo de artesanos, y la calle Gurko, con su arquitectura tipo resurgimiento nacional, hasta llegar a la fortaleza de Tsarevets, emplazada sobre una colina rocosa rodeada casi por completo por el río Yantra. Esta fortaleza, cuyos muros llegan a alcanzar un espesor de 3,6 metros, posee dos puertas: la principal, al oeste, por la que entramos, y la Asenova, por la que accedían los artesanos que vivían en el barrio de Asenova, bajo la fortificación. Vimos a nuestra derecha la torre de Balduino, en la que en el siglo XIII estuvo encarcelado Balduino de Flandes, y por la que entraban los mercaderes extranjeros que vivían extramuros. Pasamos al lado de las ruinas del Palacio Real, del siglo XII; accedimos a la iglesia del Patriarcado, también del siglo XII, encaramada en el punto más alto de la fortaleza, y también llegamos hasta la roca de las ejecuciones, en el extremo norte, desde donde se empujaba al vacío a los traidores y enemigos.
De regreso hacia el hotel, nos detuvimos en la Catedral de la Natividad de María, con sus cúpulas verdes visibles desde muchos puntos de la ciudad.
Por la noche cenamos en el restaurante Hadji Nikoli, en el número 19 de la calle Sava Ranovski, donde en una mesa para dos personas celebramos muy alegremente el santo de Ángeles. El encargado del restaurante, que habla un español aprendido autodidactamente, nos sugiere tengamos cuidado con los rumanos: según él, son malas personas.
Al día siguiente, por la mañana, vimos la casa del Monito, de 1849, con la estatua en la pared del mono que le da nombre. Es una casa cuya entrada de la planta baja se encuentra a nivel de calle, mientras que en la parte trasera se accede a través de los pisos superiores en voladizo, algo parecido a lo que sucede en nuestro hotel, el Bolyarski, en el que el piso cero del ascensor corresponde a Recepción, existiendo otros muchos pisos por debajo que llevan numeración negativa.
Una vez acomodados en el autocar, emprendimos el viaje hacia la frontera rumana, delimitada por el río Danubio, que deja a su derecha la localidad de búlgara de Ruse, mientras que a la izquierda el pueblo de Giurgiu pertenece a la vecina Rumanía. A 93 kilómetros de Veliko Tarnovo nos detuvimos a visitar el complejo monacal de Ivanovo. Este complejo, que fue declarado en 1979 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, está constituido por un conjunto de iglesias, capillas y monasterios tallados en la roca de la montaña, en las orillas elevadas del río Rusenski Lom, a 32 metros sobre el nivel del agua. El lugar data, aproximadamente, del año 1320, en el que Joaquín, futuro patriarca de Bulgaria, fundó la primera comunidad monacal; a partir de entonces y hasta el siglo XVII, los monjes excavaron un total de cuarenta iglesias y aproximadamente unos trescientos edificios, mucho de los cuales no se conservan en la actualidad. La fama de estos “monasterios” se debe a sus frescos de los siglos XIII y XIV, que son considerados ejemplos extraordinarios del arte búlgaro medieval.
Después de abandonar Ivanovo, continuamos hasta Ruse, puesto fronterizo en el que cambiamos el autocar por otro de matrícula rumana, y abandonamos a nuestro guía búlgaro, que regresó a Sofia a hacerse cargo de otra expedición.

Nos vamos para Plovdiv

El día 1 de agosto, de mañana, salimos de Sofia en dirección a Plovdiv, atravesando la llanura tracia. Plovdiv, con cerca de 400.000 habitantes, es la segunda ciudad más poblada de Bulgaria, después de la capital. Está situada a 147 km de Sofia en las tierras bajas de Tracia, a la orilla del río Maritsa y de las siete colinas. La población es, predominantemente, búlgara, aunque también habitan en la ciudad minorías de gitanos, turcos, hebreos y armenios.
La historia de Plovdiv se remonta a 6000 años atrás, mucho antes que Atenas o Roma. Conocida como Eumolpia, fue conquistada en el año 342 a. C. por el rey Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, que cambió el nombre de la ciudad a Filipópolis. Más tarde se hizo independiente bajo el dominio de los tracios, que la llamaron Pulpudeva, hasta que fue incorporada al Imperio romano. Su nombre cambió a Trimontim ("Ciudad de las tres colinas") y se convirtió en la capital de la provincia de Tracia; aún se pueden encontrar numerosos restos romanos en la ciudad.
Los eslavos tomaron la ciudad en el siglo VI y la llamaron Puldin. Los búlgaros la conquistaron en el año 815. El nombre Plovdiv aparece por primera vez en el siglo XV.
Bajo el gobierno otomano, Plovdiv fue un importante centro de los movimientos nacionalistas búlgaros, y aquí se estableció la primera imprenta en idioma búlgaro. La ciudad fue liberada de los otomanos en la batalla de Plovdiv en 1878, convirtiéndose en la capital de la región semi-independiente de Rumelia del Este hasta que la zona se unió finalmente a Bulgaria en 1885.
Durante el periodo de gobierno comunista que se estableció en el país a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, Plovdiv fue el centro de diversos movimientos democráticos que derrocaron finalmente al régimen pro-soviético en 1989.
Queda mencionar que Plovdiv es la cuna natal de dos jugadores de fútbol que destacaron en la liga española: Hristo Stoichov, en el Barcelona Club de Fútbol, y Georgi Iordanov, en el Sporting de Gijón.
El autocar nos dejó muy cerca del río Maritsa, y comenzamos a realizar un recorrido a pie por el casco antiguo, con su entramado de calles adoquinadas que trepan por tres escarpadas colinas: la Džambaz tepe (colina del acróbata), la Taksim tepe (colina del tanque) y Nebet tepe (colina del mirador). Vimos, en primer lugar, las ruinas del estadio romano, del siglo II d.C.; la mezquita Dzumaya, con su fuente interior rodeada de cuatro pilares; la iglesia de Sveta Bogoroditsa, con su campanario azul y rosa; el teatro romano, del siglo II d.C., que formaba parte de la Acrópolis de la ciudad; la Apteka Hipokrat, con sus paredes llenas de cajones de madera y recipientes etiquetados en latín; la iglesia de los Santos Constantino y Elena, con sus frescos; la casa Lamartine, en la que se alojó el poeta francés en 1833; la casa Nedkovich, construida en 1863; y muchas otras casas de los siglos XVIII y XIX, con fachadas pintadas, que constituyen un conjunto característico del llamado “barroco de Plovdiv”.
Comimos en el restaurante Puldin, en la calle Knyaz Tseretelev 8 en el casco viejo de la ciudad, un local lleno de encanto, construido sobre las ruinas de una fortaleza romana, con velas en las mesas y patios y corredores que forman un verdadero laberinto.
Apretaba el calor cuando fuimos en autocar hasta el hotel Sankt Petersburg, situado en el número 97 de Bulgaria Blvd, un hotel con muy buenas instalaciones, habitaciones majestuosas, aunque poco refrigeradas, y un conjunto de piscinas en el exterior. Desde allí, volvimos a pie a la parte antigua de la ciudad, atravesando el río Maritsa por el puente cubierto de madera y paseando a continuación por la arteria principal de la ciudad, la calle Alejandro I de Battenberg, repleta de edificios barrocos y que en verano disfruta de gran actividad comercial; allí nos sacamos una foto con “Miljo” el cotilla.
Por la noche cenamos en el restaurante Megdana, en ulitsa Odrin 11, casi en el centro de la ciudad; la cena, exquisita y muy abundante, estuvo acompañada de un espectáculo folclórico de gran calidad, en el que terminaron interviniendo algunos de los comensales.



jueves, 20 de septiembre de 2012

El monasterio de Rila

El día 31 de julio, después de desayunar, salimos en autocar en dirección al monasterio de de Rila. Este monasterio, fundado en el siglo X por San Juan de Rila (cortesano búlgaro conocido como Iván Rilski), se encuentra a 120 km al sur de Sofia en las profundidades de una reserva boscosa a orillas del río Rilski, a unos 1250 m de altitud, y constituye el ejemplo más impresionante de la arquitectura del resurgimiento nacional búlgaro. Gracias a las generosas aportaciones de sucesivos reyes, el monasterio floreció hasta que las incursiones otomanas lo destruyeron a finales del siglo XV. La Iglesia ortodoxa rusa realizó donaciones para su restauración, mientras los monjes luchaban por conservar el idioma y la historia búlgaros durante los períodos más represivos del dominio otomano. El monasterio quedó devastado por un incendio en 1833, pero fue reconstruido por las aportaciones de los búlgaros adinerados.
El nombre de Rila es de origen tracio y significa “montaña bien regada”, a causa de la abundancia de lagos glaciares (unos 200) en todo el macizo montañoso en que se encuentra el monasterio. Algunos de los ríos más largos y rápidos de los Balcanes, incluyendo los Maritsa, Iskar y Mesta, nacen en Rila. En lo que respecta a la orografía, el pico más alto de Bulgaria es el Musala (2925 metros), que se encuentra en el macizo de Rila.
En el camino hacia Rila pudimos observar, en la carretera que se dirige hacia el Sur -y que pronto será sustituida por una autopista, cuyas obras avanzan a buen ritmo-, señales en las que figura la palabra Kulata, acompañada de un número: su significado es el número de kilómetros que restan hasta la frontera con Grecia. También al lado de la carretera, nos encontramos con naves de almacenamiento de coches usados que sirven de base a un floreciente comercio de vehículos de segunda mano, que aprovisiona incluso a los países limítrofes.Entramos en el monasterio de Rila por la puerta oeste, llamada Dupritsa. A su derecha se encuentra el Museo del Tesoro, ubicado en el ala sur. La mayor joya del museo es la Cruz de Rafael, que presenta un conjunto de escenas bíblicas talladas con aguja encerradas en diminutos marcos de plata. También se pueden apreciar colecciones de armas, libros, bandejas eclesiásticas, un trono episcopal, las puertas talladas de la torre de Hrelyo y dos iconos del siglo XIV de San Juan de Rila.
El patio interior del monasterio es amplio y luminoso. Su tracería de arcos con franjas rojas, blancas y negras recrea la fachada de la iglesia de la Natividad y enmarca más de 300 celdas para monjes.
La torre de Hreylo, la estructura más antigua que se conserva del monasterio, fue construida en 1334 por el señor feudal Hreylo Dragoval. Su planta superior está ocupada por una pequeña capilla con frescos desiglo XIV, que se abre al público en algunas ocasiones.
La iglesia de la Natividad se comenzó a construir en 1835, bajo la supervisión del maestro constructor Pavel, procedente de Krimin, que había trabajado en el montes Athos en Grecia. Los murales del interior reproducen escenas bíblicas con un vivo colorido y multitud de detalles, y los muros están cubiertos por iconos. A la puerta de la iglesia, mientras nosotros mirábamos, un pope, con su típica barba y sotana negra, revisaba meticulosamente la vestimenta de las mujeres que accedían al interior, procurando evitar, de esta forma, que sus atuendos fuesen indecorosos.
El ala norte del monasterio, a la izquierda de la puerta Dupritsa, alberga la antigua cocina y conduce hacia la puerta este (Samokov), que da acceso al Museo Agrícola del Monasterio y a un conjunto de restaurantes y tiendas de souvenirs.
Al regreso, comimos -trucha de Rila y ensalada- en el restaurante Gorski Kut, a 5 km del monasterio, a orillas del río Rilska; y en el viaje hacia Sofia, en el pueblo de Kocherinovo, nos sorprendió una pedrada en luna delantera del autocar, por parte de unos chiquillos que no pudieron ser localizados por el conductor: una trastada que pudo resultar peligrosa.
Ya en Sofia, nos detuvimos a ver la iglesia de Boyana, edificio de dos pisos formado por tres alas. Esta iglesia, declarada en 1979 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es célebre por sus frescos, realizados en 1259 por Sebastocrator Kaloyan sobre otros más antiguos; constituyen, en total, 89 escenas con 240 figuras humanas.
Cenamos en el restaurante del hotel que, según las guías turísticas, ofrece a sus clientes cocina internacional.



martes, 18 de septiembre de 2012

Bulgaria y su capital, Sofia

Llegamos al aeropuerto internacional de Sofia el día 29 de agosto, a eso de las 2 de la tarde (hora local) en un vuelo de Bulgaria Air procedente de Madrid, y nos hospedamos durante tres noches en la capital búlgara en el hotel Central Park, situado en el número 106 del bulevar Vitosha, que es la principal calle comercial de Sofia, frente al Palacio Nacional de la Cultura. Se trata de un hotel elegante de 4 estrellas y 77 habitaciones, con estupendas vistas de los parques cercanos y de los principales edificios del centro.

Sofia, con sus 1,3 millones de pobladores, es la mayor ciudad de Bulgaria, país cuya extensión es menor que la cuarta parte de España, siendo su población ligeramente superior a los 7 millones de habitantes. La parte norte de Bulgaria está dominada por la cadena de los Balcanes, mientras que en el sur se elevan los montes Ródope, estando separadas ambas cordilleras por la llanura de Tracia y otras planicies. Al norte, la frontera con Rumanía viene fijada por el río Danubio, dos de cuyos afluentes más importantes, el Iskăr (370 km) y el Yantra (290 km), cruzan el país. Otros ríos de consideración son el Kamčija (180 km), que desemboca en el mar Negro y, al suroeste, el Struma y el Mesta, que fluyen en dirección sur hacia el mar Egeo.

Una tercera parte de Bulgaria está cubierta de bosques de coníferas, hayas y robles. Posee yacimientos de hierro, carbón lignito, cobre, plomo, petróleo y gas natural. La mitad de la energía eléctrica se genera en centrales nucleares y el resto en instalaciones térmicas. Cultiva cereales, patatas, tabaco, girasoles, remolacha azucarera, tomates y vid. La ganadería se basa en aves, ovejas, cerdos y bovinos. La caballa representa el 65 % de las capturas de pesca. Las industrias más importantes son metálicas, químicas, textiles, alimentarias, de la construcción, del cuero y tabacalera. El turismo en la costa del mar Negro comienza a ser importante en la economía del país.

La mayor parte de Bulgaria tiene un clima continental, que se caracteriza por inviernos muy fríos y veranos cálidos, con temperaturas que oscilan entre -10 ºC-15 ºC en el invierno hasta 35 ºC en el verano.

El idioma oficial es el búlgaro; como dato curioso, es interesante reseñar que los búlgaros acostumbran a negar con la cabeza cuando quieren decir sí y a afirmar con ella cuando se trata de decir no. La moneda oficial de Bulgaria es el lev (plural, leva), que se divide en 100 stotinki. 1 euro equivale a 1,96 leva.

En el ranking de desarrollo, Bulgaria ocupa el 61º lugar. Posee, por cada 1000 habitantes, 89 ordenadores, 1402 teléfonos móviles, 231 automóviles, 6,4 camas en hospitales y 3,7 médicos. Su consumo anual de energía eléctrica es 4315 kWh por habitante.

Una de las cosas más interesantes de Bulgaria es su magnífica y rica gastronomía. Entre los platos más comunes se encuentran las alubias blancas, la col, las sopas, los platos de carne de cerdo o cordero y el famoso yogur, del que se dice que es el responsable de la longevidad de sus habitantes. El yogur búlgaro ha conquistado un privilegiado lugar en el mundo y el secreto de su elaboración parece ser la especial leche de búfala, receta que ha sido luego "comercializada" por el grupo Danone. Se cuaja la leche mediante el célebre lactobacterium bulgaricum, agente que solo puede desarrollarse plenamente en las condiciones geográficas y climáticas de Bulgaria. Son numerosos los países (desde Europa Occidental hasta el Japón), que poseen la licencia para producir yogur búlgaro, ya que sus propiedades y sabor son impresionantes. Citaremos los nombres de algunos platos típicos: Tarator (sopa fría semejante al gazpacho andaluz), Shopska Salata (ensalada preparada con tomate, pepino, pimiento asado y delicioso queso blanco búlgaro rallado y puesto encima), Snezhanka (tarator seco hecho con pepinos y yogur drenado), Kyopoolu (hecho a base de berenjenas y pimiento), Lukanka (una clase de salchicha típica del país y muy sabrosa), Pastarma (salchicha de ternera secada de manera similar al jamón español), Barbacoa Mix (hecha sobre carbones calientes: es un pincho de filete de cerdo, shishche (trozos de carne en una brochetta), kyufte (albóndigas) y kebabche (albóndigas alargadas), todo ello adobado con especias picantes), Musaka (que, a diferencia de la griega que contiene berenjenas, la búlgara se hace de patatas y carne molida; a todo ello se le añade por encima una mezcla de yogur, harina y huevos), Guiuvech (carne de vaca o cerdo, tomates, pimientos y guisantes, todo cocinado en el horno dentro de una vasija de barro), Kavarma (que consiste en trozos de carne de cerdo con cebollas guisadas, servido en pequeñas cazuelas de cerámica)…. Muy comunes en los restaurantes son los sabrosos medallones de carne; o los platos de carne de cerdo o de ternera guisada servidos con diversas salsas. En cuanto a quesos, existen dos clases: el Sirene (blanco) y Kashkaval (amarillo), los dos una auténtica delicia.

Para beber se recomienda probar la exquisita Rakia (aguardiente) de uva, ciruela o albaricoque o Mastika (una bebida con sabor anisado parecida al Ouzo griego); estas bebidas se suelen tomar con las ensaladas. Finalmente hay que probar los numerosos y buenos vinos blancos o negros del país, o las famosas cervezas Zagorka y Kamenitsa. Para postres disfrutar con Krem Karamel, Melba (helado con las frutas y crema), tortas artesanas, creps, Baklava (pasteles con nueces) y Kadaif.

Para desayunar, resulta excelente la Banitza (pasta tradicional rellena de queso búlgaro, espinaca o manzanas).

Sofia es la tercera capital europea más antigua, pues su historia se remonta a hace más de 7000 años. En tiempos de los tracios recibió el nombre de Serdica; los bizantinos la llamaron Triaditsa, y los eslavos Sredets, adquiriendo el topónimo definitivo en 1376.

Está situada a los pies del macizo Vitosha, en el valle de Sofia que está rodeado por montañas en todas direcciones. La ciudad, cuyas dimensiones son 30 x 40 km, está atravesada por algunos ríos bajos, incluyendo al Vladaya y al Perlovska. El río Iskăr en su curso superior fluye cerca del este de Sofía. La inestabilidad del subsuelo de la ciudad, conocida por sus numerosos manantiales y aguas termales, justifica la inexistencia en ella de edificios altos y rascacielos. En el siglo pasado, se construyeron presas y lagos artificiales.

Siguiendo los pasos de nuestro guía, Ilia Maslarov, visitamos la catedral de Sveta Nedelya, construida sobre el emplazamiento de una iglesia del siglo X, reconstruida en el siglo XIX y derruida casi por completo en 1925 tras el bombardeo perpetrado por comunistas radicales durante una misa a la que asistía el zar Boris III y su familia y que acarreó la muerte de 128 personas. Cuando estábamos en ella fuimos testigos de una boda según el rito ortodoxo. Por cierto, que en esta catedral nos sorprendió (lo mismo que habría de suceder en otros templos ortodoxos) la riqueza de su iconostasio, mampara de madera que separa la parte destinada a los fieles del presbiterio, zona a la que solo acceden, además de los sacerdotes, los padrinos durante los bautizos. La colocación de imágenes en los iconostasios sigue un código estricto: en la puerta central, llamada Puerta Real porque solo puede ser traspasada por el rey o el patriarca, se representa la escena de la Anunciación; a los lados, Cristo y la Virgen y, a continuación, San Juan Bautista y el santo al que esté consagrado el templo.

También nos maravilló el fervor religioso de los fieles y su forma de persignarse, tres veces consecutivas, con los dedos índice, medio y anular de la mano derecha unidos al pulgar, primero en la frente, después en el pecho, luego en el hombro derecho y por último en el izquierdo (al contrario que los católicos), acompañando el gesto con una inclinación de cabeza.

Los asistentes a misa permanecen de pie durante toda la ceremonia. De hecho, en las iglesias ortodoxas hay pocos asientos y están reservados a los enfermos. Además, la liturgia es más larga que en el rito católico, sobre todo en el caso de bodas y bautizos; por no hablar de la misa de Pascua, que puede durar varias horas, o en Navidad, cuando los fieles siguen al pope en procesión en torno a la iglesia.

Muy cerca de la catedral ortodoxa de Sveta Nedelya se encuentra la estatua de Sveta Sofia, escultura de bronce y cobre de 24 m de altura colocada en 2001 en la plaza Nezavisimost. Vimos la Casa del Partido, antigua sede del Partido Comunista búlgaro; la rotonda de Sveta Georgi, de ladrillo rojo, utilizada como iglesia desde el siglo VI y decorada en su interior con suntuosos frescos medievales; el Palacio de la Presidencia, cuya entrada principal custodian día y noche soldados ataviados con elegantes uniformes rojos y blancos del siglo XIX, chaquetas con trenzados y cascos emplumados; el antiguo Palacio Real; el edificio blanco del Parlamento de Bulgaria, construido entre 1884 y 1928, enfrente del cual se eleva la estatua ecuestre del Zar Libertador (Alexander II), de 14 m de altura, obra en bronce realizada por el italiano Arnaldo Zocci en 1905; el Teatro Iván Vazov, neoclásico, que domina el jardín de la Ciudad, con una fachada con columnas y un frontón con un relieve de Apolo rodeado por exuberantes musas; la iglesia de Sveta Sofia, la más antigua de la capital búlgara, construida en el siglo VI durante el reinado de Justiniano, y en la que fuimos testigos de los rituales típicos del velatorio de un cadáver; al lado, la tumba del Soldado Desconocido, monumento diseñado por el arquitecto Nikola Nikolov e inaugurado el 2 de septiembre de 1981; la iglesia Rusa, o de San Nicolás, con sus cúpulas doradas, una de las cuales se alza sobre un chapitel de color verde manzana….

Merece una mención especial la catedral de San Alexandûr Nevski, construida entre 1882 y 1924. Con sus 72 m de largo, 42 m de ancho y 52 m de alto y capacidad para 5000 personas, es una de las mayores catedrales cristianas ortodoxas del mundo. Está cubierta por un conjunto de cúpulas doradas cuyo oro, 900 kilogramos en total, se renueva cada 20 años. Su interior está ricamente decorado con mármol italiano, alabastro egipcio, ónice brasileño y mosaicos de oro en la más pura tradición ortodoxa del este.

También vimos la mezquita Bania Bashi, de 1576, con su alminar y su pórtico de entrada con arquerías, cubierto por tres pequeñas cúpulas; el Mercado Central, con un impresionante pórtico de entrada, en estilo art nouveau, adornado con el escudo de armas de Sofia y rematado por un reloj de tres esferas y los Baños Minerales, edificio construido en 1913 por los arquitectos Petko Momchilov y Friedrich Grünanger y coronado por tres cúpulas con azulejos art nouveau en la fachada.

Debajo de la estatua de Sveta Sofia, en un centro comercial subterráneo en la plaza Nezavisimost, se encuentra una diminuta iglesia, la de Sveta Petka Samardzhiiska. Se accede a ella a través de la cripta, presumiblemente de época romana, y se asciende por una moderna escalera de caracol hasta la nave, construida en el siglo XI y reforzada con hormigón en el siglo XX. En su interior se conservan fragmentos de frescos del siglo XVI en los que aparecen escenas del Nuevo Testamento.

Comprar en Sofia es una delicia, porque es una ciudad que sorprende por la gran cantidad de cosas que se pueden encontrar: ropa moderna, zapatos estupendos, joyas con diseños de cine, bisuterías que dejan la boca abierta, artesanía de primera calidad, iconografias de lujo, música, softwares a precios baratísimos, perfumes, colonias, artículos de piel, vinos, complementos, licores, objetos decorativos, antigüedades, reliquias comunistas, libros antiguos, piezas de arte, sellos de colección, copas o vasos de metal y refinado cristal, jarras de cerámica, objetos para la casa, etc. El centro neurálgico del “fashion shopping” de Sofia es Vitosha Bulevard, la calle más cara de la ciudad, en la que se ubican la mayoría de las boutiques más top: marcas internacionales como las de G.Ferre, Thierry Mugler, Versace, Exte, Estee Lauder, Max Mara, Sisley, Morgan, Bitsiani, United Colors of Beneton, Calvin Klein, Moschino, etc. En otras calles cercanas, como Graf Ignatiev, Pirotska y Solunska, se pueden encontrar artículos de moda con precios más baratos, apropiados para los salarios bajos de Sofia, que oscilan en promedio entre los 600 y 800 euros. Otra cosa que llama la atención es la gran cantidad zapaterías existentes; no se sabe si es porque los búlgaros caminan mucho o porque les apasiona este complemento; se pueden encontrar desde los zapatos más extravagantes hasta los más llevaderos y de diseño.

Los bazares típicos de la ciudad ofrecen ropas a bajo precio con una calidad muy inferior, pero son muy interesantes ya que permiten adquirir cosas estupendas con un pequeño gasto.

En el bulevar Vitosha, ya mencionado, abundan los bares con terrazas; en una de ellas, la del Green Bar, los chorros de agua pulverizada sirvieron varias veces para refrescarnos camino del hotel, y ayudarnos así a soportar las elevadas temperaturas que estos días sufre la ciudad. Y desde ella pudimos observar el alto grado de deterioro de muchos de los edificios de esta avenida peatonal, con terrazas desconchadas y gran cantidad de ropa tendida a secar.

En el extremo sur del bulevar se alza el Palacio Nacional de la Cultura (en búlgaro, Naroden Dvorest na Kulturata, abreviado como NDK), uno de los edificios modernos más emblemáticos de la ciudad, cuya construcción fue llevada a cabo entre 1978 y 1981. Se trata de una monumental edificación de cemento y vidrio de planta hexagonal que domina el espacio empedrado y los arriates de flores de la plaza Bûlgariya. En su interior alberga una gran sala de conciertos, con capacidad para 5000 espectadores, junto a otros auditorios y salas más pequeñas. Enfrente de él, nuestro hotel nos invita al descanso.

Pienso que conducir por las calles de Sofia -o de cualquier otra ciudad búlgara- puede resultar bastante complicado para un occidental que visite por vez primera este país, pues los letreros indicativos de calles, direcciones, señales de tráfico, etc. están escritos en caracteres cirílicos (desarrollados en el siglo IX por los discípulos de san Cirilo y san Metodio), y cuesta bastante, al menos al principio, darse cuenta de su significado. Este problema se agrava cuando se trata de restaurantes y museos. En lo que respecta al tráfico urbano, notamos con curiosidad que en Sofia, en algunos cruces de calles estratégicos, existen torretas elevadas un par de metros sobre el suelo, desde las que un “guardia” dirige el tráfico de una forma manual.

En lo que respecta a las matrículas de los coches, en Bulgaria, lo mismo que hace años en España, las placas llevan unas siglas que indican la provincia en que fueron matriculados los vehículos. Concretamente, nuestro autocar lleva las letras CA, correspondientes a Sofia.

El segundo día de nuestra estancia en Sofia comimos en un restaurante de la calle Parizh, muy cerca de la iglesia de Santa Sofía; y cenamos en las afueras de la ciudad, acompañados por un trío musical que nos obsequió con canciones españolas, que fueron acompañadas con un cortés aplauso de agradecimiento por nuestra parte.



Por tierras del Este de Europa

Desde el 29 de julio al 8 de agosto de este año, mi esposa y yo, formando parte de un grupo cada vez más numeroso de amigos y conocidos (en esta ocasión un total de 46 personas), realizamos un viaje a la Europa del Este, visitando Bulgaria y Rumanía. Estos dos países, que han sufrido el peso de una historia dura y dramática, pues sus territorios fueron testigos a lo largo de los siglos de las invasiones de infinidad de pueblos, tales como tracios, griegos, romanos, godos, eslavos, bizantinos, otomanos, etc., luchan hoy día por superar los traumas de la época soviética e ir incorporándose al tren del progreso, si bien las huellas de su pasado parece que continúan incrustadas en el corazón de sus metrópolis y en los rostros de sus habitantes.
Tanto Bulgaria como Rumanía disponen en la actualidad de excelentes hoteles y de restaurantes que sirven comida de gran calidad, lo que les abre enormes posibilidades futuras con vistas al turismo, que en la mayor parte de las regiones se encuentra aún en ciernes. Aunque el día 1 de enero de 2007 ambos países entraron en la Unión Europea, ninguno de los dos adoptó hasta la fecha el euro como moneda oficial, lo que tal vez signifique un hándicap a la hora de su plena incorporación a Europa.
De todo esto, de lo más importante de estos países y de las impresiones que obtuve de cada uno de ellos, su historia, cultura, tradiciones y folclore, iré escribiendo en lss siguientes entradas a este Blog.

domingo, 27 de mayo de 2012

Consummatum est

Al final, sucedió lo que todos los aficionados presumíamos desde hacía mucho tiempo que iba a suceder. Después de cuatro años de azarosa permanencia en la primera división del fútbol español, el Sporting de Gijón descendió a segunda. Y hay que reconocer que hizo méritos para ello. No se puede echar la culpa a la mala suerte ni a la insidia de los árbitros: muy pronto el equipo asumió la mentalidad de perdedor y de esta forma resultó imposible el logro de los objetivos programados, que no eran otros que la ansiada permanencia.
¿Y ahora, qué? El equipo a luchar y los aficionados a apoyar y esperar. Siempre hay que buscar el lado positivo, y lo cierto es que, mientras que el último año la angustia estaba presente todos los domingos en el estadio o mirando la pantalla del televisor, de ahora en adelante será la esperanza quien ocupará su lugar.
¡Que así sea!